Miguel Ángel Fornerín

En este ensayo el autor vuelve sobre la obra La cicatriz a medias (1984) de Vanessa Droz que se distingue por su tratamiento del erotismo desde una perspectiva femenina. Señala que Rubén González, en su estudio sobre la poesía puertorriqueña, destaca cómo Droz convierte el erotismo en una «conciencia de la escritura», alejándose del realismo social predominante en su época. Este enfoque erótico se manifiesta en su exploración de la sexualidad femenina a través de simbolismos y una estética que sugiere más de lo que muestra explícitamente. Comparada con autoras contemporáneas como Ángela María Dávila y Olga Nolla, Droz ofrece una visión única donde el erotismo se convierte en un medio para deconstruir visiones tradicionales y abordar la otredad y el existencialismo.

Museo
Ponce

Varios autores han escrito sobre el erotismo en el libro La cicatriz a medias (1984) de la poeta puertorriqueña Vanessa Droz. Rubén González en Crónica de tres décadas, poesía puertorriqueña actual (1989) encuentra la temática en autoras como Ángela María Dávila y Rosario Ferré. Y afirma que en la obra de Droz el erotismo llega a ser “conciencia de la escritura” (110), al ser una referencia temática y formal. Lo primero nos lleva a ver el erotismo en la poesía escrita por mujeres puertorriqueñas en un momento en que se buscaba una nueva expresión alejada de la poesía del realismo social y contestataria.

            Debo agregar que el tema viene a ser muy reiterado en otros poetas de la época. Pongamos a José Luis Vega en Las natas de los párpados y suite erótica (1974) y más tarde Olga Nolla en Clave de sol (1976), Dafne en el mes de marzo (1989) hasta llegar a Dulce Hombre prohibido (1991), entre otros libros. El erotismo de Vanessa Droz es distinto al de Ángela María Dávila y al de Olga Nolla. Cada una tiene una forma de ver y presentar lo erótico. Cosa importante porque ese es un tema en donde las imágenes pueden atravesar las fronteras entre lo que se dice y lo que se sugiere. Lo que se presenta y aquello que se simboliza:

Tallo sumergido a flor de piel/ la vena/

tronco mensajero la azulada línea del cuerpo de mi mano/

abre tu canal en afluentes secundarias/

salida de las aguas/

tan contenido delta y tenso/

surco invertido /

levantando el poro a la tempestad del aire/

falo palpitante/

péndulo de los latidos/

sangre que cabalga… (La cicatriz, 31).

            En Ángela María Dávila (La querencia, 2006), el erotismo quiere un desvelamiento entre una expresión culta y una intermitencia del lenguaje popular. Una verdadera transmisión expresiva que dista de la obra de Olga Nolla donde lo erótico viene como una asumir la sexualidad desde una feminidad desafiante. Pero a la vez, provocativa al subvertir las ideologías tanto patriarcales como feministas (Dulce hombre prohibido). En La cicatriz a medias, Vanessa Droz asume una sexualidad que presenta un yo femenino (“Hoy guardo todos mis anillos”) en busca de un amor y revestido de símbolos y formas que dicen lo ocultado sobre la sexualidad sin hacer ruidos, sin escandalizar. Por eso su decir que va más hacia la existencia, explora el yo femenino en tanto voz poética y yo lírico que organiza el poema para deconstruir las visiones e historiar la vida de los amantes. Lo primero puede encontrarse en el poema “Yo, la no querida” en la que reformula el mito de la amante poética de Luis Palés Matos de “Puerta al tiempo en tres voces”. La no querida es el envés y el escudo de la mujer amada. Es su poema un contradiscurso de la mirada masculina de la mujer deseada.: “Yo la no querida, / me convierto en vertical madera/ con una imagen perpetrada/ en oscuras vetas de conciencia repetida, / repetida invención de presencias” (17).

            Las construcciones poéticas que tocan el existencialismo se encuentran aquí como imposibilidad del ser y la búsqueda de la otredad. La mujer es “vertical madera”, “Yo, la inventada piedra”, “impulsiva arteria desatada”, hasta llegar al continente del vaso. Un vaso profundo que la poeta ampliará en distintos poemas eróticos: “Agua en tu borde más atónito/ lleno de ti y en tu piel sitiado”. Donde el amor se emplaza, y deja de realizar una existencial determinación de lo indeterminado. De lo que se espera y no llega, de lo que se busca y no se encuentra como “quién fuera tu Filí-Melé no escapada”: “Yo, la inventada piedra/ mirada de reojo y no vista. /Yo la impulsiva piedra desatada, / la piel con goznes sostenida/ (ansias lúgubres, muerte en vela). / Tú mineral de espuma concentrada en ti y tan azul tu savia. / ¡Oh vaso tan profundo! / Agua en su borde más atónito, / lleno de ti y en tu piel sitiado. / Quién fuera, helada en tu rubor, / la angustiosa putilla que te llevara de la mano” (17).

            En el libro son eminentemente eróticos los poemas que nominados en la serie Vasos: “El sexto vaso” (31-33), “Los vasos de la muerte” (34-35), “El vaso de la muerte (o la petite morte) (36), “El vaso innombrable” (37-39). Los elementos formales y los envíos a una poética del instante y la existencia permiten una agradable recepción en la medida en que la alusión al falo como órgano sexual se asume como la expresión de una realidad en la que se encuentran lo humano masculino o femenino. Sin que la realidad desborde la poeticidad, ni el erotismo salga de su propios límites expresivos. Todo esto dado en una estética que no busca presentar lo sexual como única naturaleza, sino como una forma de lo humano y su propia existencia.

             Por otra parte, en “Suite erótica” José Luis Vega trabaja un erotismo de la cotidianidad que construye desde una poética que abre el decir hacia un lenguaje más coloquial, manteniendo en foco elementos de la cultura, como la cultura judeocristiana en las metáforas de la manzana y el paraíso, la cotidianidad del amor que se hace en variados lugares, los referentes cultos, como aparecerán después en el erotismo de Rosario Ferré y Olga Nolla.  Aunque Vega viene de una estética parnasiana, y retoma elementos del existencialismo como Vanessa Droz, ha desinstalado la máquina de Rubén Darío. Su poética era entonces más cercana a Parra, a Cardenal, a la antipoesía.

            Es preciso afirmar, sin embargo, que a principios de la década Luz Ivonne Ochart había dado una vuelta a la poesía amorosa. Desde un lenguaje potente que tocaba el coloquio, pero que mantenía un alto nivel poético arbolado en un ritmo que recorre todo el poema, la ciudad, los amantes en su cotidianidad, sin olvidar los problemas de la tierra. Esos asoman testimoniando la presencia de la generación anterior. El mundo urbano se despliega entre viajes y regresos. La vida es un infierno y el amor es una salida. El desarrollismo avanza en su crisis y los poetas la testimonian con un nuevo lenguaje (Rantaplán (1974).

            En su obra Julia de Burgos y la tradición de la poesía erótica femenina en Puerto Rico (2015), Nanette Portalatín Rivera dedica un capítulo al tema erótico en la poesía de Julia, de Droz y de Nolla. Concluye de esta manera: “Los versos de estas tres poetas exhiben la apertura hacia el erotismo de un sujeto femenino que se encuentra al margen del canon a partir de la década del treinta en Puerto Rico con Julia de Burgos y continúa en las décadas del setenta en adelante y con Olga Nolla y Vanessa Droz, entre otras escritoras más. Sus obras no tan solo advierten la liberación femenina mediante la sensualidad y la seducción del sujeto femenino, sino la sensibilidad de la voz poética hacia su propia sensualidad y la solidaridad con la experiencia íntima de otros sujetos” (264).