En este ensayo, Miguel Ángel Fornerín examina la autobiografía intelectual de Manuel Matos Moquete como una revelación profunda de su ser y de su relación con el tiempo y el lenguaje. A través de su análisis, Fornerín explora cómo Matos Moquete construye su identidad en medio de luchas sociales y políticas, desde su educación en el extranjero hasta su retorno a República Dominicana. Matos Moquete se enfrenta a la modernidad, reconociendo su ser múltiple y la influencia de los libros en su vida, creando una autobiografía que entrelaza su experiencia personal con la historia colectiva de su generación.
Miguel Ángel Fornerín
El discurso autobiográfico construye el ser del hombre, como decir la presencia desafiante de lo humano. Esa otra naturaleza que hemos recibido con sus desafíos sociales, culturales y existenciales. Un hombre es el tiempo vivido. Pero no podemos acceder a él si no es a través de un relato que muestre sus improntas en la vida. El ser del hombre es el lenguaje. Estamos hechos de palabras. Paz define el hombre como un árbol de palabras en Estación violenta (1958). Antropológicamente somos un relato lingüístico. En él aparece el ser que es, el que no puede ser negado. El ser que quiere ser, el de la esperanza; además del ser como los otros quisieron que fuera; pero también el ser que es consciente del sí. Ese ser se construye en el camino de los otros, de sus lejanos, como decía Nietzsche.
El ser es una construcción de la modernidad. El ser de la modernidad es un ser consciente. Un ser ético que impone sus tareas forzando su mundanidad a un plan, a un designio categórico. Parecido a ese ser de la militancia en la vida, como dijo Ortega y Gasset en El tema de nuestro tiempo. El ser es tiempo y es mundo. Y todo eso lo es en el lenguaje y el discurso.
Cuando Manuel Matos Moquete, maestro del lenguaje e investigador del discurso, redacta su autobiografía desata todas las posibilidades del ser. Pero no del ser abstracto de la metafísica. Sino el ser social en lucha contra las ideologías de su tiempo. Donde hay historia, espacio, ideología, sueños utópicos y esperanza.
Visto desde mi perspectiva, se conmueve el tiempo vivido, las lecturas heredadas, las huellas de la vida social compartida; los triunfos y caídas del proyecto de país que nos ha tocado vivir. Su generación nació en la sociedad de Trujillo. Sus lecturas fueron El hombre mediocre, de José Ingenieros, La madre de Gorki y tantos otros… como las obras de un marxismo leído muy a la dominicana. Los textos que proliferaron en las décadas de 1960 y 1970.
Pero Manuel Matos Moquete, que nació en Barahona desde cuya sureñidad define la dominicanidad como trozo de isla, no terminó el bachillerato en la escuela dominicana: realizó todos sus estudios fuera del país. Y eso le da otra perspectiva del mundo dominicano. Un mundo que le fue negado a su generación. Al regresar al país en la década de 1980, Matos Moquete, poeta y lingüista, se dedicó a la educación. A contar historias, tiene varias novelas. Pero también a escribir sus notas sobre la dominicanidad. Algunas las puede encontrar en el libro En la espiral de los tiempos (1999).
Su autobiografía intelectual consta se una serie de textos breves agrupados en doce bloques en los que el autor escribe sobre los libros, la lectura, el canon literario, el territorio, la exploración del yo, los escritores y los lectores, el tiempo, los aprendizajes y las semblanzas de los otros… Sus escritos tienen, en muchas ocasiones, las afirmaciones de instancias de la vida que sirven como argamasa para la construcción del vivir. Dice sobre los libros: “La biblioteca simboliza el ideal más completo del ser humano, devorador de sueños y realidades en busca de totalidad e infinito”.
Y agrega su nota personal: “En cuanto a mí, cada vez que me encuentro en mi biblioteca, cobijado por su frondosa arboleda, me transporto hacia el infinito con la sensación de eternidad, como el ser más feliz del universo” (14). Un yo que se hace presente en el territorio, el viaje, los puertos de salida o de llegada, destierros, transtierros, exilios e insilios, que muchas veces le hacen saber que son necesarios en el autobús de la vida dos asientos vacíos: el de la incertidumbre y el del azar. Al llegar al destino se busca un respiro para vivir.
Matos Moquete se declara maestro de sí mismo. Tuvo que aprender de su vida y de sus errores. Sin embargo, ante la esperanza o el fracaso, se proyecta como un ser feliz (25). Y se pregunta: “¿qué sabe nadie cómo se vive? ¿Cómo adivinar cuál camino seguir? Si apenas abrimos los ojos por la mañana ya se agolpan ante nuestra mirada, como bosque enmarañado, los problemas presurosos que nos esperan” (25).
Cuando revela su propio yo, se despoja de esos pruritos burgueses que confunden el “yo” con el individualismo o el narcisismo. Si no hay discurso sin sujeto, la separación del yo del discurso juega a la política del poder que consiste en olvidar el yo social, el yo como motor de cambio. Una subjetividad que, muy bien, se reduce a un «nosotros somos así”, al discurso de la crisis y a la repetición de los orígenes superficiales del desencanto. Lugares comunes de nuestra actualidad. Pero este no es su yo.
Matos Moquete está consciente de las trampas de las identidades. Y describe ante ellas un símbolo: su carácter laberíntico. Entonces hace varias afirmaciones. La educación y los patrones sociales. El sujeto va más allá del territorio; va del país, a lo nacional y a la raza. Pero llega a la idea de ser humano a secas: “nadie se reduce a ser solamente ser humano. Se es humano por el lenguaje, por el razonamiento y por los valores llamados humanos” (42). El ser humano es un esquema general que da lugar a múltiples realizaciones y posibilidades, no es de sí mismo una identidad. Más bien una anti-identidad, es una inconformidad”. Y concluye que el ser está atravesado por múltiples identidades.
De su discurso, sabe el sujeto social que se construye en la biblioteca, con los libros, con la vida como un libro abierto; en la compañía y en la soledad de los otros. Es un ser social, cultural, que se encuentra siempre al pie del cañón con “su dignidad y sus convicciones”. Un ser de la teoría, la reflexión y también de la práctica social y cultural. Y concluye: “yo soy un híbrido de muchas vidas, lugares y culturas” (53).
El ser social es un ser con los otros, que parte de sí, de su mirada en el espejo, para su reconocimiento, para proyectarse en los seres pasados y en los semejantes. Es también un ser que persiste, que lucha y se rebela. Pienso que es un ser muy moderno. Es el ser de la modernidad en cuanto a su conciencia de sí, a su visión de la vida como una lucha. Un ser cargado de sueños, pero capaz de negar las ideologías que limitan su vuelo. En su balance generacional, como alumno de sí mismo aprendió que “más de la mitad de las cosas que yo creía que eran, no lo son. Y que la vieja historia estaba hecha de muchas cáscaras y pocas nueces” (69).
Esta autobiografía intelectual de Manuel Matos Moquete es un texto que nos permite acceder, más allá de los actos de su vida, a una ética del vivir y una teoría de la acción de una generación que tensó la relación entre saber y poder. Y más que el poder, la insurgencia y la rebelión contra los rasgos de autoritarismo, siempre presentes en nuestra cultura social y política.
El artículo «Guerra y narratividad: la idea de Europa» del autor Miguel Ángel Fornerín analiza cómo la guerra desencadena una serie de operaciones en las que el poder (o mejor dicho con Roland Barthes, los poderes), se articulan en distintos frentes, desde la lucha entre la infantería y la artillería, en la retaguardia de los ejércitos y también en el espacio del espectador inmediato, a través de una suerte de quinta columna. A su vez, el autor se centra en cómo el lenguaje se convierte en un elemento narrativo importante en esta operatividad, ya que los sujetos articulan el sistema de la lengua y crean discursos o se apropian de relatos que se dan en distintas disciplinas, como la historia, la geografía, la economía, la sociología, la política y hasta en la cultura espiritual, como las religiones. En este contexto, el autor destaca el discurso del occidentalismo, que cruza toda la construcción cultural europea y ha estado entrelazado con la filosofía, la psicología y las teorías coloniales, y cómo este elemento narrativo es usado por el presidente Vladimir Putin como elemento propagandístico para dividir y apelar a un nuevo bloque de países y así conformar un nuevo orden mundial no unipolar.
El autor puntualiza la importancia de la poética del poeta dominicano Franklin Mieses Burgos y el pago que realiza con su anonimato en Hispanoamérica a una sociedad dominada por el instrumentalismo y el mercado del utilitarismo.
En definitiva, creo que el poema de René del Risco se encuentra detrás de aquellos, como la expresión de la desazón de una clase social. No creo que una generación que se lanzó a la lucha posterior a la guerra retomara ese discurso. No creo definida en el poema la filosofía que impulsaron Sartre y Camus en Francia. Hay un continuo de la mirada que le da a la ciudad René del Risco en sus cuentos. Sin embargo, es “El viento frío” su obra capital. Y es uno de los mejores poemas de nuestra literatura.
Observe cómo Vanessa Droz, una figura innovadora de la poesía de Puerto Rico, rompe patrones y expande los límites de la poesía tradicional. Únete a nosotros en un viaje profundo a través de su obra emblemática, ‘La cicatriz a medias’, para presenciar la evolución de la poesía a través de la historia y la influencia de Latinoamérica.
Vanessa Droz, en su obra «La sonrisa a medias», redefine el erotismo en la poesía puertorriqueña, utilizando simbolismos y una estética única para explorar la sexualidad femenina y el existencialismo. Descubre cómo su enfoque distintivo la diferencia de sus contemporáneas y enriquece la literatura caribeña.
La poesía de Carlos Rodríguez busca borrar los referentes. Se alza en una universalidad del decir lo poético. Pero varía su norte en la medida en que refiere su propia historia, que es la situación angustiada del poeta. En otras palabras, va desde la poesía que busca la pureza y el hermetismo, al discurso que refiere la condición del sujeto poético. Sin embargo, Carlos Rodríguez desdibuja el referente y se configura y pinta como poeta de la ciudad, como flâner de calles y parques.