René Rodríguez Soriano, el escritor en tránsito

Cabe decir que en los últimos años el autor había viajado por Hispanoamérica y Europa presentando su obra.

Un día estaba en Puerto Rico, otro lo encontrábamos en Madrid o en Viena; para luego saludarlo en un mes de julio desde Rosario, Argentina. En agosto regresa a Texas donde residía para unas semanas después realizar una lectura en Miami… Muchas veces estuvo en festivales en Barranquilla o en Nicaragua.

René Rodríguez Soriano entre el bolero y la guaracha

Miguel Ángel Fornerín

La muerte llegó con su guadaña. Ya desde una provincia china se había escuchado su algazara, que no eran voces festivas, sino cantos funerarios. El mundo tan dedicado en su material destino, ignoró las consecuencias de una pandemia, tan terrible como la literatura representa la epidemia, por ejemplo, en “Los novios” (I promessi sposi, 1827) de Manzoni o de “Muerte en Venecia”, (Der Tod in Venedig, 1911) de Thomas Mann. 

Nacido en 1950 en Constanza, un pueblo de agricultores de la Cordillera Central, René Rodríguez Soriano tuvo desde la niñez un encuentro, por un lado, con la música, el bolero de los sesenta que recompuso el imaginario con el sentimentalismo, el léxico barroco del modernismo de Darío; y por otro, con la guaracha, que movía el escenario Caribe con su pasado zapateado, canario, mexicano, cubano y puertorriqueño.

El contexto histórico

La caída de Trujillo y las gestas que la siguieron (el levantamiento de Manuel Aurelio Tavárez Justo y la Guerra de abril de 1965) llenaron la imaginación del niño y los juegos en el arroyo, el cultivo de la tierra, que ayudaron a representar el mundo que él figuró en su poesía militante de los años finales de la década del setenta.

Entonces se levantaron los “puñitos rosados” (Mateo, 1981)  que luchaban por un mundo mejor, que cantaba su esperanza en los barrios y se articulaba en la Universidad. Fueron los tiempos de una juventud comprometida, centrada en los estudios y dispuesta a poner el conocimiento a favor de un mundo de democracia real, de independencia y también de proyectos utópicos.

Nos queda la música…

Entre el bolero, la guaracha, el mambo y la salsa, estaba la música americana que los estudiantes universitarios de una sociedad abierta al consumo consideraban la expresión de una cultura alienante. René Rodríguez, luego de pasar por el periodismo, la publicidad y la docencia, optó por ser un escritor que transitó las Américas. La importancia de su obra había concitado el reconocimiento de los lectores. 

Con la publicación de “Solo de flauta” (2013) se evidencia más la relación del autor con la música, el rock, el bolero… una sinfonía de textos breves en los que la poesía siempre tendrá, como en toda la cuentística de Rodríguez Soriano, la mayor ganancia. De ahí que este narrador, tenga tanta fuerza palabra por palabra. Hay un ritmo en la sintaxis, en las formas, en los diversos discursos narrativos. Proliferan las distintas técnicas y el narrar se hace la expresión de un discurso heterogéneo que se forma en la poesía…y en la música. Se representan en su escritura la brevedad, la vida vivida, la experiencia, la gente, la diversidad o la heterónimia de las mujeres y el azar contado como minutos que caen. Una estética de lo sublime que acompaña al narrador y al poeta.

La memoria y el olvido

Como si fuera el diario nostálgico de un fotógrafo, de un impenitente viajero, “El nombre olvidado” (2015) es una muestra de la síntesis de la narrativa del autor. En este texto logra lo maravilloso de lo cotidiano, su mundo y sus envíos. Los contactos con otras culturas. Las diversas miradas al mundo, al amor y la familia; a la ausencia y a la nostalgia.

Es una prosa que transforma la palabra, que rehace otro discurso. Muestra que la vida es sencilla y a la vez maravillosa. “Helga”, “Keiko” y “Laura” esperan para hacer una, dos o tres tardes más agradables, llenas de amor, cultura, viajes, recuerdos e intertextualidades. Es una homodiégesis narrativa que, entre el celuloide y la obturación, capta y representa el sentimiento de la vida como arte, vivida y expresada en poesía.

Las novelas…

Tres novelas se agregan a la narrativa de René Rodríguez Soriano. “Queda la música” (2003) es la exploración del amor a través de dos voces que buscan trocar sus soledades. Es un texto poético que se teje en el diálogo de dos amantes. Mejor construida la narración que “La mujer de agua” de Ramón Lacay Polanco, por la caracterización de los personajes, es también una obra del adentro.

Como en “El mal del tiempo” (2008) en que el autor reconstruye la atmósfera de los Doce años de gobierno de Joaquín Balaguer (1966-1978). En medio de la ciudad, con sus luces y sus sombras, unos estudiantes ven el tiempo pasar; un tiempo signado por la muerte, la violencia y la desesperanza. “El mal del tiempo”, es una obra vanguardista que muestra el modo del discurso narrativo de Rodríguez Soriano: uno de los mejores textos que presenta la vida en estos tiempos de crisis económica e inestabilidad para la clase media dominicana.

Con “No les guardo rencor, papá” (2019), el autor entra en la vida familiar y en un tema poderoso de su infancia. El aterrizaje de los guerrilleros del MLD el 14 de junio de 1959 en Constanza para luchar contra la tiranía de Trujillo. Es un texto en que se enfrentan dos generaciones que deben dilucidar sus posiciones sobre la dictadura.

En los distintos escenarios, el padre y el hijo debaten el futuro de un tiempo que está por terminar y el asomo de otro que se simboliza en las luchas sociales y en un intento de encontrar a los responsables de haber apoyado al régimen tiránico. El amor, la nostalgia, la radio y el ambiente social no dejan de estar presentes. El lenguaje poético y el juego con las distintas intertextualidades dan a esta novela de crecimiento un lugar destacado en las letras dominicanas de los últimos años.

Poema sin género…

Dos libros de poesía se agregan a la lista de la obra de René Rodríguez Soriano. Poesía que no puede ser opacada por las luces de su narrativa: “Apunte a lápiz” (2007) y “Rumor de pez” (2012). En ellos se encuentra la constancia de este autor en su poetizar y una estética sublime, una manera muy particular de simbolizar el mundo lejano de la infancia, la juventud y la actualidad heterotópica en la que vive el autor. Estos cuadernos de poesía son el testimonio del artista de la palabra, del artífice que fue. 

Además de lo anterior, debo referir los dos libros de ensayos sobre literatura que dio a la estampa. Son recensiones de libros, impresiones de lectura. Notas en las que brillan las pepitas de oro de la mina de la literatura que el autor disfrutó. En fin, comentarios singulares de un accionar artístico inquieto, penetrante, divertido, lúdico a la vez que esclarecedor de lo humano. En “Tientos y trotes” (2011) y “Letras vueltas” (2018) aparece el itinerario de las diversas lecturas y las preocupaciones del poeta, el narrador, el editor.

El autor itinerante…

Cabe decir que en los últimos años el autor había viajado por Hispanoamérica y Europa presentando su obra. Un día estaba en Puerto Rico, otro lo encontrábamos en Madrid o en Viena; para luego saludarlo en un mes de julio desde Rosario, Argentina. En agosto regresa a Texas donde residía para unas semanas después realizar una lectura en Miami… Muchas veces estuvo en festivales en Barranquilla o en Nicaragua.

Distintos autores han hablado de sus textos (Ardavín Trabanco, Carlos: “Visiones de orilla: estudios, apuntes y testimonios en torno a la obra de René Rodríguez Soriano” (2013).  Una tesis y un estudio monográfico se le ha dedicado. Estamos frente a una obra y a una práctica de la escritura que perfila la importancia de la literatura actual en República Dominicana.

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