Solo de flauta, el arte como epifanía

Solo de flauta es un libro sui generis; muy especial, sorprende al lector común la forma en que están configuradas las acciones humanas en una obra que además de poesía, también es narración. Este aspecto tan a tono con el relato sobresale porque presenta una ruptura cultural. Algo que provoca que se rompa la tradición de la lectura como búsqueda de una forma genérica.

Miguel Ángel Fornerín

Solo de flauta (2012) remite a la lectura por placer; al placer del texto que se ve, se toca y se oye; y la mirada es la que se solaza en el diseño, la disposición tipográfica; en las descripciones que una lengua bien formada plantea como creación. En este libo, sin lugar a duda, se nota cómo la obra de René Rodríguez Soriano se ha ido afincando como una de las más originales de República Dominicano; se nota, se deja sentir en el encuentro de la poesía con la prosa, la búsqueda de un mundo rural, citadino, cosmopolita, dispuesto ahí aquí como huella de un decir que se dice y se desdibuja en la palabra, en la poesía.

Foto de René Rodríguez Soriano por Carmen Polanco.

Los narratarios unidos por el lenguaje

Los relatos son breves y menos breves, concluyentes, sorpresivos; en cada uno está la marca del autor, la mirada del otro, el diálogo con una misma otredad que son ellas o la misma (los miles de mujeres, la Lucía, la Beatriz, como la Julia y la Laura), unos narratarios que el lenguaje une, con presencias y ausencias. La música, como en El mal del tiempo (2007) o en Queda la música (2003)está siempre presente, y marca los pasos de una estética del decir que crea una libido compartida en la complicidad de lo que se lee, se ve, se escucha y se toca.
Solo de flauta es un libro sui generis; muy especial, sorprende al lector común la forma en que están configuradas las acciones humanas en una obra que además de poesía, también es narración. Este aspecto tan a tono con el relato sobresale porque presenta una ruptura cultural. Algo que provoca que se rompa la tradición de la lectura como búsqueda de una forma genérica.

Contra el lector inmóvil

El lector encuentra este cambio en la presentación que le hace vacilar entre una estructura esperada y el texto que en verdad lee. Con esta forma se anota una primera victoria el autor en su interés de vencer la pereza y el inmovilismo del lector, al tener que desplazarse a otras prácticas de la escritura y romper los moldes acostumbrados.
Un segundo aspecto, que me parece capital es la relación entre el cantar y el narrar. La poesía es canción y narración. Así aparecía en los romances en el siglo XVIII. Persiste en ella la forma de canción y se perdió la narración, que es encadenar los hechos, llevar las cuentas de las acciones humanas. La canción es una forma que ve el ser en forma estática, mientras la narración lo presenta en movimiento.

Narrar el tiempo

Desde una perspectiva temporal, la narración es un fluir del tiempo, de la temporalidad como tiempo vivido, tal el río de Heráclito; la canción es descripción, parsimonia, impresión. Coloca al Ser en su propia existencia. Es más fácil verlo, pues está inmóvil, sólo refiere el tiempo y está colocado en el horizonte que se mueve con el lector; de ahí las dificultades de la comprensión de la obra y de la aceptación de la novedad por ese lector que he llamado más arriba lector común.

En el horizonte de la narración, el movimiento es lo que nos permite ver con mayor despliegue el Ser que se arroja al mundo, como decía Heidegger y se dirige al futuro.

El arte , el ser y su significado

El futuro de la obra de arte será, entonces, su propia lectura como transformación o como realización de una conjugación horizóntica. Es ahí que la disposotio, la configuración de la lengua como signo, pasa a la semántica de la frase y de ésta al discurso que se encuentra en la refiguración que realiza el lector, que es, además, un acto de actualización de la lengua por el sujeto y encuentro del sentido del mundo.


De esta manera, Solo de flauta es una estructura, una forma artística compleja. Dividida en las siguientes partes, que muy bien ilustran un sentido de unidad y diversidad: “Juegos raros”, “Renombre de la nada”, “Mahler y otras falacias”, “Historia de colores”, “Cuaderno de pasiones”, “Libro de cabecera” y “Fotos de familia” y que remiten a un contexto musical, memorístico, lúdico donde la fragmentación se instala con mayor fuerza en la primera parte, donde el horizonte se abre y se cierra.

El lector atrapado en la forma

Las pequeñas narraciones, como instalaciones determinadas por una duración breve, hacen de la lectura una experiencia pasajera, de ritmo rápido, relampagueante. El cuento se deja ver en su insuficiencia del signo, pero trasciende por su extensión poética. Luego vienen narraciones más largas y el lector, encabalgado en la lectura, queda atrapado en otras formas, en una duración distinta que acaba y vuelve a iniciar dentro de una expresión de magia y de fiesta.
Sin embargo, estas novedades que el lector encuentra en este libro, bellamente editado y limpiamente impreso, no son atributos recientes de la escritura de Rodríguez Soriano. Los cuentos breves del principio se encuentran en un diálogo constante con Todos los juegos el juego (1986), es-pecie de “relámpagos lentos” para recordar a Manuel del Cabral.

Realidad cotidiana y maravillosa


Estos textos tienen además la suerte de presentarnos una realidad cotidiana y maravillosa. Ahí está para mí la clave. La cotidianidad como tiempo vivido que la referencialidad de la obra trae a nuestro entendimiento, al goce; es memorística, familiar, cosmopolita, local, urbanagraria (como diría Denis Mota) y al pasar por el lenguaje de Rodríguez Soriano logra dejarnos el sentido de lo maravilloso, de la magia.

La música, el ritmo y la fiesta

Creo que este extremo habría que tomarlo muy en cuenta a la hora de responder la pregunta de por qué se lee y se aprecia tanto la obra de este autor. Pienso que es porque lo cotidiano es una realidad en la que todos participamos y la grandeza del arte y de quien lo trabaja es darle a esa realidad una trascendencia epifánica, hacer de la escritura, un ritmo, una fiesta, una celebración de los sentidos que va de la imagen al símbolo… Pienso que la escritura de René Rodríguez Soriano le da al decir un aire de celebración, de fiesta.


Pero no nos equivoquemos. No dejemos que el referente musical obnubile nuestro entendimiento. La fiesta no reside en la apelación a la música, ni al referir a los personajes de la historia musical, con lo cual busca el autor una cierta complicidad generacional y culta.

La música en Solo de flauta reside en el ritmo poético y se da a través de la trasformación del lenguaje: en la disposición sonora que parte de los sonidos ordenados en la frase, en los juegos semánicos, en las imágenes, en las palabras dispuestas en el eje sintagmático y en el paradigmático que él presenta, pero que esta prosa contiene. El juego del sonido y del sentido en la obra se crea, además, con las alternancias de símiles, metáforas y la inclusión de vocablos en el registro que ape-an a la cultura popular y a la cultura de arriba.

El oficio de mago

Esto demuestra que estamos ante la presencia de un autor que ha tomado con mucha seriedad su trabajo. Y se nota porque el lenguaje en sus manos es como el artefacto del mago, como su chistera. Y esa magia sólo es posible cuando el trabajo del sentido en la lengua pasa del código, de la gramática, y se aloja en ese terreno sumamente polivalente del sentido de la obra como producto que llega a la cultura literaria. Es en otras palabras, como un alejamiento de lo que Barthes llamaba la escribancia. El autor deja de ser el escriba para ser artista.
Vemos como en esta obra el lenguaje en su totalidad mantiene un registro que recuerda la poesía y es a la vez la poesía porque en ella se funda y abre la significación y la comprensión, el disfrute y el vivir. Es de suyo un decir cantando, pintando y poniendo ahí lo que estaba escondido. Aquello que no veíamos, aquello que no sentíamos.

Por esta razón, el libro sobresale como escritura, como transformación e instalación de lo nuevo en el mundo y no sólo viene a revelar al autor, sino a confirmarlo en una tradición del decir de la prosa poética.

La prosa poética

Es por eso que ubico esta obra dentro de las mejores prosas poéticas de la literatura dominicana: “Un hombre llamado Sándalo”, de Néstor Caro; La mujer de agua, de Ramón Lacay Polanco; La fértil agonía del amor, de Marcio Veloz Maggiolo y La otra Penélope, de Andrés L. Mateo, entre otros; sin lugar a dudas, obras donde la poesía atrapa el centro de la escritura y devuelve lo contado a la canción en una epifanía del sentido de la obra como realización y celebración, como fiesta.

Estetizar el mundo

En fin, en Solo de flauta el mundo aparece estilizado, estetizado, danzando y en medio de una fiesta de sentidos donde se abre una comprensión horizóntica hacia el gozo y a la comprensión del sujeto lector como escritor-lector de un mundo festivo, cotidiano, familiar, arrojado al mundo del Ser, en una temporalidad del presente y pasado.

Como bien ha dicho Hans Gorg Gadamer, (Verad y método) el arte puede verse como una fiesta y es arte lo que nos saca del mundo. Y aquí las narraciones y la poesía de Rodríguez Soriano nos elevan o nos arrojan a otros mundos posibles.

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