Los sueños perdidos

Brotarán como papelitos azules de los libros de las bibliotecas ilegibles. En el parque de las palomas de San Juan, en los estanques de Texas, en las acequias de La Florida, en las luces de París, en La Plaza Constitución en Buenos Aires, por ejemplo, o en las tardes áureas de San José del Puerto.

René y yo en otros tiempos y el mismo bolero. Foto C. Rodríguez

Entre las páginas de un libro de René Rodríguez Soriano he encontrado un sueño perdido. Me pregunto si se le habría olvidado al poeta. O tal vez fui yo que se lo envié dentro de un libro que compartimos.

Pensándolo bien, creo que esa historia se me perdió cuando dormía en una tarde soporífera del estío caribeño. Al despertar, vi a una mujer cuando salía por la puerta de atrás; al doblar la esquina se le cayó un papelito azul y René lo recogió en passant con disimulo. Lo colocó dentro de una libretita amarilla, y luego, en otra tarde más o menos canicular en una ciudad sureña, café en mano, lo colocó dentro de un libro.

El correo aplacó la distancia e hizo más cercanas algunas conversaciones que habíamos sostenido sobre variadas razones para enmarcar su vida entre el bolero y la guaracha. Y algunas imágenes que yo prodigaba en las que él estaba en un café escribiendo otra historia y a su lado unas displicentes muchachas hablaban en inglés de otros sueños.

Tal vez sin que René lo echara de menos, dejó con letras rojas esa historia para que yo la encontrara. Y ahora se está riendo de mi corta memoria. Porque esta historia es mía. Pero también de aquellos que algún día la lean. La historia es muy simple.

Trata de un hombre que, mientras dormía, soñaba que tenía muchos sueños. Su riqueza era superior a la de otros hombres que soñaban con el brillo del oro y la plata. Ese hombre trabajaba y tejía utópicas empresas y así, entre días tiernos y felices, mirando el atardecer o los patos en un estanque, soñaba con sus propias quimeras. Sin importarle el destino de la bolsa de valores, más interesado en la tarde que cae como una naranja o en las muchachas que corren bicicleta.

Sin asegurar las puertas. Mientras el contador de historias dormía, entraron unos hombres de negro por la ventana de su casa y, a hurtadillas, le robaron sus sueños. Entonces, desapareció.

Hace algunos días, lo observé en la esquina de mi barrio, contándole no sé qué historia a una muchacha que entraba de noche a su cuarto de la Ciudad Colonial armada de una zapatilla rosa. Ella secuestró los decibeles de la radio.

En un tiempo habíamos tratado juntos de dar con su paradero, pero fue inútil. Con el tiempo ella pasó a ser una de las tantas historias que, en honor a Manuelico, René compuso para rescatar la memoria de San José del Puerto.

No recuerdo ahora el nombre de la chica. Se llamaba, Julia y hablaba italiano; o era Carmen y le gustaba la fotografía. Con ella anduvo por distintos países como fotógrafo de moda. Entonces me escribía para encomendarme le cuidara a su gata Helga, con la que no tuve mucha suerte. En un arranque de soledad, Helga se lanzó por la ventana. Me pregunto si esa muchacha se llamaba Luisa o si su nombre es Josefina.

En una de las tantas visitas que me hizo; en encuentros donde echamos de menos la belleza de los tiempos idos o de las bellas cuyos sustantivos estaban determinados por el cambio de siglo, se le cayó un billetito donde tenía algunas ideas. Eran unas notas escritas de prisa. Tal vez era una clave para recuperar los sueños perdidos. Las utopías de las calles, los combates sociales en tiempos difíciles. Los negocios publicitarios. Las secretarias que organizaban agendas y silencios: “Señor, le llamó Laura”. “Señor, que la sirvienta no puede ir a recoger los niños”.

El contador de historias. Poeta de los sueños dispersos, de los heterónimos fue con el tiempo olvidando los muchos nombres que soñó y las ilusiones que había provocado en nosotros. Hace unos días que no lo he vuelto a ver. Tengo su teléfono inútil ya por los efectos del tiempo que todo lo hace añicos. Sus sueños tendrán una nueva figuración con el pasar de otros días. Ahora olvida todos los nombres que había soñado.

El poeta se fue a vivir entre metáforas, entren perfumes, peceras y leotardos. En un mohín que recorre las ciudades donde los amantes, a las dos de la madrugada, enlazan sueños entre puertas, balcones y ventanas. Cuando todos acabemos de soñar, cuando la enfermedad de realidad que aplasta a los símpidos, los habitantes de La Alfalfa, nos hayan aplastado definitivamente, sus historias serán leídas por las muchachas que corren bicicleta en los jardines de muchas ciudades. Brotarán como papelitos azules de los libros de las bibliotecas ilegibles. En el parque de las palomas de San Juan, en los estanques de Texas, en las acequias de La Florida, en las luces de París, en La Plaza Constitución en Buenos Aires, por ejemplo, o en las tardes áureas de San José del Puerto.


Miguel Ángel Fornerín es poeta, ensayista y crítico; profesor del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe y de la Universidad de Puerto Rico en Cayey.

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