La idea de la revolución: tiempo, cuerpo y memoria en La muerte de Artemio Cruz

 Carlos Fuentes es un narrador que puede borrar las palabras que leemos y convertirlas en imágenes que se transforman en un discurso de los hechos en una concreción de los personajes. Tiene la virtualidad de Cervantes. O si no la posee la toca.

Carlos Fuentes

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN [mediaisla

Las ideas de la revolución son perfectas. Ellas preceden a las generaciones y, en cierta manera, las colman de un inusitado entusiasmo. Allá van todas las energías juveniles. Parecen funcionar en este estado níveo de los sueños. De las utopías. Pero las prácticas, llevan la vida por otros caminos, caminos, a veces, oscuros; que son, a veces, caminos de sangre, senderos de muerte.

“Las revoluciones las hacen los hombres de carne y hueso y no los santos, y todas acaban por crear una nueva casta privilegiada”, dijo Carlos Fuentes. Pero no os detengáis, las revoluciones son epocales y cada época tiene sus combates… y no dejéis que los nuevos amos estén tranquilos en el trono del tiempo…

La vida, la muerte y el tiempo

Artemio Cruz va a morir. Como moriremos todos. La muerte es el cierre de una puerta hacia la eternidad. Hacia la clausura del tiempo para uno. Mientras afuera sigue el remolino causado por los diversos vientos que desarticulan los órdenes y las ideas… pero templan los sentimientos. Todo revolucionario es el heredero de una romántica pasión que en América acaba de terminar para volver a empezar. Una especie de círculo que nos lleva al eterno retorno.

El tiempo todo lo organiza. El texto y las acciones humanas. Las ideas de paradigmas. Y los avatares de las acciones. El texto es un buen paradigma para la acción (Ricoeur). Los tiempos que corren exigen nuevos paradigmas. ‘La era está pariendo un corazón’. Y en su sangre se ahoga de verdad y en su ficción se recrea. Artemio va a morir. Cosa corriente, todo muere. Los afanes humanos, mueren. Todo vuelve como el viento y en el remolino de los años, las angustias, aspiraciones, regresan. De ahí el recuerdo. La contabilidad de los instantes. Todo lo pasado se hace etéreo. Sólo nos quedan las imágenes de las acciones, de las pretensiones. En mejor grado y en feliz circunstancia, los nombres de algunas mujeres, que se confunden en su unicidad y en su heterónima existencia. Ellas pueden ser como lo he repetido, como lo dijo originalmente Girondo: “La única patria contra las bestias del olvido”.

Rumira el pasado y convocar el recuero…

Carlos Fuentes es un narrador que puede borrar las palabras que leemos y convertirlas en imágenes que se transforman en un discurso de los hechos en una concreción de los personajes. Tiene la virtualidad de Cervantes. O si no la tiene la toca. Su narración es un fluir sencillo que se complica con los saltos en el tiempo, con la reiteración de la memoria. Cambia los planos. Es sumamente parsimonioso, pero no aburre. No. Es una filigrana del fluir del sentido. Es como un chorro de luz en la oscuridad. Es un Proust al buscar el tiempo. Al detenerse en contar el tiempo vivido. Al rumiar el pasado. Al traer el recuerdo.

Fuentes, como Joyce, ubica la materia narrada en un punto. En un espacio de tiempo del cual se aleja y regresa. Es mediodía en la vida de Artemio. Son sus recuerdos y su conciencia de un tiempo ido que desatan las historias. Es su cuerpo en declive que le retoma cierta empatía con lo que ha amado y vivido. ‘La vida son los ríos que van a dar a la mar’. Sí, Manrique. Todo cambia y todo queda. Los sueños y las aspiraciones. Una nueva casta sucede a la otra casta…

El discurso y la memoria

La novela inicia con una narración homodiegética. El protagonista despierta. No quiere abrir los ojos. Busca su propia identidad. Esa reiteración del yo. Soy, sólo somos en el lenguaje que posibilita el discurso. El discurso de Artemio Cruz es el de la memoria, de los recuerdos y el de la historia de México y de su revolución. Recorrer seis décadas del siglo XX. Y lo que ha quedado de Revolución. De las ruinas de las ideas y de la inutilidad de ciertas luchas.

El cuerpo se hace pensamiento: “hay que pensar en el cuerpo. Agota pensar en el cuerpo. El propio cuerpo”.(12). El cuerpo que se consume como el reloj de arena. El cuerpo es pensamiento y tiempo. El pensamiento lo define y el tiempo lo condena. Artemio Cruz va a morir. Y también con él una época. La narración es un canto funerario. La épica ha terminado. En la pira se expone el cuerpo y su tiempo. Ahora sólo queda narrar el instante. Los espacios dialogan. Vienen y van, como las gentes, las esperanzas y el andar fútil del hombre.

No es Catalina. Es Gloria. Y Gloria debe ver lo que antes dejó de ser. Y lo que ahora es en el lecho de muerte, Artemio: un olor a escama muerta, a pecho hundido, a barba gris y revuelta… (14). Cuando Catalina le roza con la mano, ya sabía que todo contacto era inútil. La vida termina la utilidad de las cosas y el encuentro de los seres. Mientras a Catalina le duele: “me han clavado un largo y frío puñal en el estómago”, Artemio se mira en el espejo. Busca encontrarse. Es un otro. Es él mismo. O un otro que es el mismo Artemio. Y el tiempo. Una vida que se describe en unos cuantos días. Lo demás es el recuerdo. Une recherche du temps perdu. Una indagación sobre los sueños de la revolución.

El tiempo vivido

El cambio de narrador hacia una atenuada homodiégesis que tiene otro narratario compite con el destinatario ficticio. Habla con él y deja ver un tú como si alguien monologara frente a un conocido que no puede hablarle. Y la historia regresa al punto de origen. Y se acerca a la fecha de publicación del libro por unos dos a tres años. Es una historia fresca, contemporánea. Describe las distintas circunstancias del tiempo. Los funcionarios de gobierno. La ciudad y los manifestantes. La corrupción. Su acción lleva el tiempo presente.

Un presente que se puede determinar: “20 años de desconfianza, de paz social, de colaboración de clases; 20 años de progreso, después de la demagogia de Lázaro Cárdenas, 20 años de protección a los intereses de las empresas, de líderes sumisos, de huelgas rotas” (19). Pero, ese tiempo vivido, estos trucos de la política frente a las ideas revolucionarias, ese pueblo que protesta y que va a la huelga, perdido en los discursos, se encuentran con el cuerpo ya viejo, 71 años, de Artemio Cruz.

La crueldad del tiempo

Teresa y Catalina quedan disimulando un sentimiento de engaño. El tiempo salta al día 6 de julio de 1941. La madre narra la crueldad del tiempo, el cuerpo, la gordura y las dietas. El problema viene luego de los cuarenta (23). La muchacha de veinte y siete años reniega de su educación. Mucho marxismo. Había redactado una tesis sobre la plusvalía. El marxismo es una cosa de edad, le dice. Ya hay poco fervor. Cambia el narrador a una autogénesis (32). Teresa está sentada con el periódico abierto que le oculta la cara.

Artemio Cruz se reclama como frente a un espejo. Las mujeres parecen interrogarlo. Ya no es el tiempo de antes. Las mujeres parecen recordarle que ya no es el mismo. El narratario regresa, parece más admonitorio. Y “Tú te sentirás satisfecho” (36). Y mirarás hacia el norte y las contrasta con este país: “la intolerable incompetencia, la miseria, la suciedad, la abulia, la desnudez de este pobre país que nada tiene”. Y el sujeto imita y copia al norte, pero no podrá ser como ellos. México y Estados Unidos. Dos culturas, en un diálogo muy cercano.

El texto como retrodicción

La retrodicción de la obra va más allá, acercándose a la línea de 1900. Cuenta la historia de Gonzalo Bernal en la Prisión de Perales, un 20 de mayo de 1919. También es la narración de los últimos momentos. Presenta el sentido de contingencias. “Las contingencias absurdas de un país incapaz de tranquilidad, enamorado de la convulsión” (46) y dice viejo Gamaliel: “a veces, me parece que la falta de sangre y de muerte nos desespera. Es como si sólo nos sintiéramos vivos rodeados de destrucción y fusilamientos”.

Cuando Artemio Cruz entró a Puebla había visto desde el camino de Cholula “los hongos rojos y amarillos” de las cúpulas derramadas sobre el valle. Y sintió que su vida se había añadido a la del fusilado Gonzalo Bernal, porque el destino del muerto estaba sumado al suyo: “quizás las muertes ajenas de su vida son las que alargan nuestra vida” (48). El tiempo de uno es el tiempo del otro. Y el otro es un espejo de ti mismo.

Un tiempo circular que siempre regresa

Bernal es la conciencia. La voz de la historia disfrazada de un viejo que se amarraba a sus bienes. Patrón explotador, que entendía la desventura de un país donde el nuevo mundo surgido de la guerra civil será el de una generación que destruirá el tiempo pasado para restaurarlo luego con otros hombres tan rapaces como los anteriores (55). Había llegado el fin de los déspotas ilustrados. Allí estaba la biblioteca representando ese saber que se instauró en el poder y ahora tenía que ceder su alcurnia a los adalides de los nuevos tiempos. Un tiempo circular que siempre regresa.

Frente al caos Artemio Cruz debía recordar. Buscaba sobrevivir en la memoria como si buscara un deseo insatisfecho. El narratario (68) le presenta ese imperativo que se convierte en un filtro del tiempo, de la vida vivida. De los sueños y los deseos en un tiempo que tocaba su final y que buscaba asirse a algunas imágenes del pasado. A cierto sentimiento que le impulsará a vivir. Pero el cuerpo como el reloj que contiene la arena se desborda en sus instantes y el mismo tiempo hecho de materia etérea se diluye; fallan los órganos y queda menos arena en el reloj. La vida está llena de tiempo. Es tiempo. Un tiempo interno que bordea el continente de la memoria.

La voz interior y el amor en la guerra

El rumbo del tiempo va hacia atrás, “en la nostalgia, podrás hacer tuyo cuanto desees: no hacia adelante, hacia atrás”. Cambia el narrador, deja un monólogo interior con narratario. Es una especie de voz interior del personaje. El tiempo vuelve a saltar hacia el 4 de diciembre de 1913. Viene a buscar a Regina esa muchacha con olor a salitre que va a abanicar el bracero. La Regina rendida como una plaza al placer; una mujer que duerme en una posesión recíproca y que promete seguirlo. Más allá de cada conquista le esperará con vestido largo.

Un amor entre guerras y esperas. Una mujer definitiva. El general pasaba por los pueblos y decretaba sobre la tenencia de la tierra y la jornada de ocho horas. Luego de cada conquista le esperará Regina. Solo un hombre es “dueño de todas las imágenes secretas de Regina y jamás renunciará a ella.”(81). El amor y la violencia lo conducen a un laberinto en el que Artemio Cruz pierde el hilo que le enseña el camino de regreso. Y recuerda el momento de la caída… Regina muy pronto fue un deseo y un recuerdo. Tal vez un recuerdo que pudiera prolongar lo vivido. Cuerpo, deseo y memoria vectorizan, de nuevo, las acciones humanas.

Artemio Cruz sobrevivirá. Guerreará en el norte y sobrevivirá por arriesgarse a la libertad y luego se convertirá en su propio enemigo… ( continuará).

Fuentes, Carlos. La muerte de Artemio Cruz (1962). México: Punto de Lectura, 2014.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: