Olga Nolla y el giro hacia una estética de lo masculino en la poesía puertorriqueña

Olga Nolla ironiza el feminismo que presenta a la mujer como objeto sexual. Ella la asume, objetualizada en forma inversa. Reconstruye la idea de la belleza masculina y postula una práctica libertaria al alejarse de la ideología feminista de su época.
Olga Nolla

MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN 

Olga Nolla ironiza el feminismo que presenta a la mujer como objeto sexual. Ella la asume, objetualizada en forma inversa. Reconstruye la idea de la belleza masculina y postula una práctica libertaria al alejarse de la ideología feminista de su época.

Un día nos despertamos sin Olga Nolla, (Olga Nolla Ramírez de Arellano; Río Piedras, 1938 – Nueva York, 2001), el mundo en el que ella fue feliz y sumamente sincera al expresar su mirada a la belleza masculina se ha apartado para siempre de ella. No podía creerlo, en algunas conversaciones, entre libros y el aire de siglo dieciocho que nos daba el Viejo San Juan, habíamos hablado de su obra, de festivales y ferias. En aquellos tiempos en que los autores emblemáticos como Nolla eran noticias en esas actividades. Siempre reía con una sonrisa muy particular. No sé por qué hablamos de la muerte. Pero no era la de ella, sino la del otro. Y poco después nos sorprende la noticia.

El homenaje no se quedó esperando. Ya le había organizado un reconocimiento en Cayey donde leyó sus sugerentes poemas. Encendió al auditorio con los poemas de El caballero del yip colorado (2000), con Dulce hombre prohibido (1994) y con algunos de Únicamente míos (2001). Ya podía yo recordar la lectura de su Clave de sol (1977) que me introdujo a la admiración de una poética femenina muy particular. Era una tarde veraniega (escribo para encontrar los trazos de la memoria) de esas que auguran los actos deleitosos.

Olga estaba en el Convento de los Dominicos, entre sus arcadas, se celebraba una feria del libro del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Estaba acompañada de su madre, la poeta Olga Ramírez de Arellano. Y como hija de poeta me presentó a su madre. Ambas tenían una particular belleza, pero a Olga le salían los misterios por los ojos y en su sonrisa acogía en un poema la tarde. Me firmó el libro Clave de sol y el coloquio fue breve. Entonces leí sus versos que tocan a un mundo cultural europeo, a la poesía de Arthur Rimbaud y a la mitología griega, como lo hace en Dafne en el mes de marzo (1989).

Su libro me puso a pensar en la cultura. En la Universidad de Puerto Rico que había dado poetas cultos. Porque la cultura es fundamental en la obra de un poeta, pero en Olga Nolla como en Rosario Ferré (Ponce, 1938 – San Juan, 2016), Fábulas de la garza desangrada (1982), hay una tendencia al culturalismo, a la mitología griega, a los espacios del arte europeo, a los viajes y al cosmopolitismo.

Rosario Ferré

Ellas comenzaron en la Universidad la revista Zona Carga y Descarga (1972)Medio de difusión literaria de importancia en la década del setenta en que aparecieron importantes revistas poéticas como Ventanay se afianzaba la heroica Guajana, de los escritores militantes de la década anterior. Era la expresión poética de un frente cultural puertorriqueño en el que la mujer creadora tenía un papel destacado tanto en la narrativa como en la poesía. Eran los tiempos de la extensión del feminismo norteamericano y europeo al Caribe, una nueva etapa impulsada por una juventud rebelde frente los estereotipos sexuales. Jóvenes que negaban la conscripción y aspiraban, de forma muy marcada, a la independencia de la isla.

En la poesía de Olga Nolla, como ocurre con la de Rosario Ferré, se deja ver el interés de olvidar a Rubén Darío. “El tuércele el cuello al cisne” no podía ser menos definitivo. La ‘máquina’ de poetizar no podía ya encontrar asiento; sus huellas quedaban completamente eliminadas. No podemos decir que en ella hay rastros de Neruda. La imaginería poética no aparece. Nolla elabora una poética del espacio y del decir. En la que la oralidad prosística domina una comunicación sencilla y sublime.

Ferré y Nolla están más cerca de Nicanor Parra y su antipoesía, que de aquellos monstruos sagrados de la poética latinoamericana. En el caso de Olga Nolla, la distancia que pone con su tiempo y con la poesía puertorriqueña escrita por mujeres, instala un inusitado giro en la mirada que da a la belleza del hombre. En un tiempo en el que ser hombre es estar atrapado en las ideologías feministas que convierten el pasado patriarcal en una condena al género masculino, en un tiempo en que la mujer se ha convertido en objeto de la publicidad y el capitalismo consumista, leer un canto a la belleza de lo masculino, convertir al hombre en un objeto erótico es una ruptura con los discursos anti-hombre que aparecen en la sociedad actual.

La poesía de Olga Nolla celebra al hombre y su cuerpo y le da un sentido de belleza que solo está signado a las mujeres de la poesía escrita por hombres. Es una ruptura con la construcción de la mujer diosa, con la mirada provenzal. Es una figura dentro del feminismo que trabaja con las ideologías de dominación. Como en caso de Julia de Burgos en sus poemas iniciales, en los que su discurso poético intenta situar el erotismo en la mujer en un cierto disfrute hedonista unido a la naturaleza, “Río grande Loíza” (Poema en veinte surcos, 1938). Julia de Burgos, como lo hace en “Yo misma fui mi ruta”, trabaja contra las ideologías que dominan a la mujer y libera lo femenino de los convencionalismos sociales. Julia apalea de forma muy temprana a una liberación de la sexualidad femenina, aunque no creo que llegue a poetizar una ideología del amor libre, como se escribió en la década del sesenta, como postula José Manuel Torres Santiago (Julia de Burgos, poeta maldita, 2014).

Julia de Burgos

Olga Nolla ironiza el feminismo que presenta a la mujer como objeto sexual. Ella la asume, objetualizada en forma inversa. Reconstruye la idea de la belleza masculina y postula una práctica libertaria al alejarse de la ideología feminista de su época. Y centra su mirada en el cuerpo masculino. Una mirada que asume el hombre como posesión femenina y un decir poético que libera a la mujer de los convencionalismos creados por las liberadoras de las ideologías machistas.

No podía caer bien a los colectivos liberadores. Nolla proyecta una ruptura, una nueva manera de ver el hombre como expresión del goce de la mujer que, convertida en sujeto de su propio cuerpo y de su propia mente elabora un discurso de la estética masculina. Inversa a como lo hiciera Platón en El banquete o del amor. Y tal vez podríamos pensar en que su poética se enlaza con aquella estética en la medida en que la baja Edad Media concibió el canon de la belleza como algo supremamente femenino y excluyó al cuerpo masculino del reino de la contemplación femenina. Porque las mujeres no podían decir lo que sentían (como dice Melibea en la obra de Fernando de Rojas), pero tan poco podía gozar desde la mirada de la belleza del cuerpo masculino.

También Olga Nolla rompe de forma, en clave cómica y pícara a la vez, con el colectivismo feminista. Las mujeres deben considerase como objetos sexuales. Para ella ese postulado general debía pasar por la consideración individual, y en ese caso diría: yo puedo considerarme como un objeto sexual, si a mí me gusta que los hombres me admiren como objeto. Es irónico y, tal vez, es una apuesta muy arriesgada de la poeta. Aunque es interesante porque construye su propia sexualidad fuera de todas las ideologías imperantes: la del feminismo que denuncia el dominio de la sexualidad por la ideología machista y la del feminismo que busca la unidad y totalidad en las acciones femeninas.

Por ejemplo, en Únicamente míos (2002), libro que ganara el premio Jaime Sabines, Nolla presenta una idea de dominio de la mujer, de posesión del hombre por su belleza. Su deseo del goce y su particular visión estética aparece por encima de otras maneras de concebir, decir y cantar lo que se ve y lo que se desea. Cierto ‘voyerismo’ de la poeta construye una poética de la mirada de lo masculino desde el sentido libertario de un sujeto femenino que pone el disfrute por encima de las ideologías feministas de su época.

No creo equivocarme si encontramos en su obra una visión un poco maternal del amor femenino hacia el ser amado. Y una ética en la que se exaltan los valores de belleza y bondad:

Es su alma transparente
lo que atrapa y me consume;
es el alma de un hombre bueno;
es su alma hermosísima, perfecta,
es un espejismo de mis palabras.
Es su ternura aún más hermosa;
otro espejismo.
Es la rosa que somos,
la veo amanecerme, la siento
sonreírme
como un milagro.
[Poema de la rosa blanca
, 23-25].

En “Poema lo mejor del mercado”, la estrategia es buscar del hombre un recuerdo. La táctica es un regalo. Un regalo común y corriente que permite describir la desnudez masculina:

Al subir del baño deberás pisar
la piel azul y suave de la alfombra
y me recordará, es inevitable. [42].

Y concluye haciendo una historia de amor porque en estos poemas el narrativismo es fundamental. Con él su poética va de la antipoesía a la poesía de la experiencia erótica y amatoria:

La experiencia que entra
por la piel no se borra.
Le regalé las mejores toallas que pude encontrar
en los grandes almacenes de los centros comerciales,
para que no me olvide,
con la esperanza de lograrlo
yo,
que he renunciado a la ilusión.

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MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN (Higüey, R. D). Departamento de Estudios Hispánicos de la UPR Cayey, es autor de Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Los letrados y la nación dominicana (2013), La escritura de Pedro Mir (2014), y El canon horizontal (2018), entre otros.

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